El caballero

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Hace unos años me contó la barrendera de mi barrio cómo nuestras vidas pueden cambiar de un día para otro. Entonces escribí esta historia inspirándome en una anécdota que me pareció conmovedora. Hoy, releyéndola y con el peso de mi propia historia sobre mis espaldas, me doy cuenta de que aquello era más que una simple anécdota.

mendigo

Ella lleva un vestido estampado con flores. Camelias. Me gustaría saber de qué color son, porque así podría adivinar algo más de su personalidad. A mí por ejemplo me encantan las camelias rojas, pero nunca las llevaría en un vestido, yo llevaría algo más discreto, más púrpura, más lila, menos… qué sé yo, una barrendera no puede vestir de rojo, o eso es lo que me digo a mí misma. El caso es que en su vestido hay camelias y parece de una tela gruesa y pesada, más aún cuando llega hasta los tobillos. La mujer  es joven, pero enferma. Guapa, pero demacrada, con mirada intensa, pero perdida y sonrisa melancólica. Yo conozco esa sonrisa, me recuerda a los momentos en que vuelvo a mirar las fotos de Miguel. Por eso es que esa misma sonrisa yo la podría identificar entre miles de labios. Podría decir: tú, sonrisa picarona de ay-si-yo-te-pillara, a este lado; tú, sonrisa maquiavélica de ni-te-imaginas-lo-que-estoy-pensando;  a este otro lado; tú, sonrisa mordida de no-me-quiero-reír-pero-no-puedo-evitarlo, a aquel otro lado de allá para que te rías a gusto y sin preocupaciones, y tú sonrisa melancólica de que-bello-fue-y-sé-que-no-volverá, te vienes conmigo, porque hablamos el mismo idioma.

En los brazos de la mujer duerme un bebé  plácido, o eso parece, porque el gorrito de lana y la mantilla de croché no dejan ver mucho más que un amasijo de trapos.  Su hermana mayor, mira a la madre sonriendo,  y su otro hermano posa con idéntica posición que su padre: cabeza alta, pero sin subir la barbilla, mirada penetrante y labios relajados, casi sonrientes, pero sin excesos.

Y el padre. Él mira al frente con firmeza, para no dejar escapar al infinito. Mira con ojos brillantes, para no dejar huir al presente que se escabulle a través de los brazos tan delicados ya de su mujer. Y se mantiene  erguido, tanto como puede sin herir a nadie y así mismo, con el único fin de retener aquel momento para una eternidad si no interminable, tan longeva como la memoria de sus hijos. Yo conozco esa mirada, es la mirada que tiendes al mundo cuando tu otro yo se va expirando y el yo que se queda debe sostenerse en los mil pedazos en que se ha resquebrajado.

El señor sigue cogiendo sus trastos. A pesar de los años que habrán pasado desde que se tomó la foto (¿treinta?, ¿cuarenta quizá?) el tiempo no ha sido demasiado cruel con su figura. Teniendo en cuenta que no habrá visitado una ducha en los últimos meses, y que las ropas raídas no sientan bien a nadie, podría decirse que aún sigue guardando cierto atractivo. El azul de los ojos es tan intenso como imaginaba en el más negro que blanco de la fotografía. Aunque ahora ese azul va de un lado a otro, recogiendo cartones mojados por el vino que se ha derramado, un jersey de lana con las bolitas del tiempo, una naranja aplastada, un libro amarillento, periódicos… Y mientras va metiendo sus escasas pertenencias de nuevo en el carrito de la compra que siempre le acompaña, yo hago el intento de ayudarle a recoger, y digo intento porque no puedo despegar mi atención de la fotografía.

Veo que, al igual que su padre, el  hombrecito guarda su mano derecha en el bolsillo. Pero fijándome un poco más distingo que el padre, a diferencia con el niño, tensa su brazo, y aprieta el puño bajo la tela del pantalón.  Da igual que este hombre solo balbuceé un gracias con acento del Este, y que yo no conozca ni una sola palabra en su idioma para poder entender ese gesto. Yo un día apreté mi puño como él hace en la foto, tan fuerte y con tanto dolor que no me percaté de estar sangrando. Fue el día en que supe que Miguel se iba, se iba para hacerse la nada, y desde entonces mi mano no volvió a abrirse. Hasta ahora.

Cuando he chocado con el señor, rubio en felicidad, cano en este su mundo de recuerdos,  no he podido más que decir un lo siento e intentar ayudar a recoger mi torpeza.  Ha sido cuando su cartera marrón y ligera me ha descubierto una vida más allá del bulto bajo los cartones en el banco del parque bajo el que yo dejaba de barrer cada mañana, antes de ir a limpiar el portal de la Calle Carabanchel, y de echar un par de horitas en casa de los médicos. Y ha sido entonces, al encontrarse nuestras vidas cara a cara, cuando tras quince años de penurias he descubierto que no estoy sola.

Ha conseguido guardar todo en su carrito, aunque el vino no volverá del suelo ya. Y le he devuelto su cartera. No le he dicho otro lo siento esta vez. En verdad debería decirle gracias.

Me mira fijamente e inclina con elegancia su cabeza.

           – Los caballeros nunca mueren– me sorprendo decir.

Y él se aleja con la dignidad del que una vez fue querido.

 

 

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