El abrazo

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Era aún pronto, así que tuvimos tiempo para bajarnos del coche durante unos minutos.No sé si Óscar quiso que nos hiciéramos allí una foto, o yo quise tomar el aire antes de girar el pomo de la puerta de tu habitación y verte de nuevo. El caso es que nos detuvimos en un mirador con el aire frío golpeándonos la cara, y las montañas nevadas eran testigos de nuestra historia desde la otra orilla del lago. La cuenta atrás se había acelerado sin compasión, yo lo sabía. También era consciente de que no había un dios, tampoco al que llamabas “tu amigo”, que lo pudiera parar.

Foto: Belle Yagüe

Foto: Belle Yagüe

Volvimos a subir al coche y continuamos un par de minutos por la carretera que atravesaba Gravedona, hasta que torcimos a mano derecha, donde una señal indicaba que  el hospital se encontraba a trescientos metros. Conocía bien aquel centro. Era el segundo año en el que pasabas allí una temporada para intentar alargar tu tiempo, ese al que no nos daba la gana llamar de prestado, sino de regalo.

Esos dos, tres, quién sabe si cuatro años extras, nos permitieron conocernos más de lo que nos habíamos conocido durante las tres décadas anteriores. Aunque más que a conocernos, que yo creo que nos conocíamos demasiado, nos ayudaron a comprendernos y querernos sin peros, tal y como éramos.

Al abrir la puerta de tu habitación, me di de bruces con el azul del Lago di Como que se colaba por tu ventana. Yo te abracé fuerte, tan fuerte como la niña que se colgaba de tu cuello cuando venías de trabajar y no quería que la bajaras nunca de tu abrazo. Y tras ese achuchón, el pedazo de agua en su temporada baja se mostraba en calma, lejos del bullicio que debía soportar en los veranos, sin barcos, sin música, sin gente a su alrededor, con el invierno atizando en la cara del que osaba pasear por su orilla. Así nos había tocado vivir aquellos últimos años: con calma para entendernos; lejos de los bullicios de un padre y una hija que discuten por el largo de una minifalda; lejos de las temporadas altas en las que rebosabas en fuerza, a veces mal humor y muchas otras buena cara (aquella cara guapa). Sí, nos tocó vivir días más sosegados, y por ello tuvimos más tiempo para distinguir todas las tonalidades del otro.

Yo te estrechaba entre mis brazos y al mismo tiempo dejaba que el lago te atrapara, sumergiéndote en sus fauces sin que yo pudiera evitarlo. Y te seguí abrazando durante un minuto eterno, cobrándome todos los abrazos que sabía que unos días más tarde ya no te podría dar.

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