Decidme que no somos magia…

Desayunando hoy en una cafetería, la televisión murmuraba entre las personas silenciosas que como yo se habían dado el último (o penúltimo) madrugón de la semana. El aparato, poseído por algún ser oscuro, solo estaba hablando de guerras, asesinatos, políticos corruptos, violaciones, maltratos, pueblos contra pueblos, pueblos en contra de sí mismos… en definitiva un mundo que se resquebraja. Cada vez que desayuno en esa cafetería, se repite la misma escena: unos maldiciendo a los malnacidos, otros resignándose en silencio, y los hay que ajenos a todo chequean el correo electrónico en su móvil preparándose para lo que les depare el día.

Puede resultar esta una imagen desgarradora, y desprovista totalmente de esperanza. Sin embargo, esta semana pregunté en varias redes sociales (y a varias personas cara a cara), si creían en la magia, y para mi sorpresa, todos y cada uno de ellos me contestaron que claro que creían.

Es cierto que antes les comenté lo que para mí era magia: “creo en la magia de lo cotidiano, en los pequeños milagros que son las sonrisas desprevenidas, en los ratitos de felicidad, en las coincidencias, y en las almas que se reencuentran vida tras vida”. Porque para mí la magia no es esa de hechizos que convierten a una rana en un príncipe, sino aquella que te hace pararte ante una charca para admirar la belleza de la piel verde y brillante de esa rana que toma el sol sobre una piedra. La magia no necesariamente se desprende del polvillo que mueven las alas de un hada, la magia para mí es el valor que en un momento dado te hace dar un salto al vacío y te ayuda a volar hacia tus sueños. La magia está en los abrazos entre personas, entre hombres entre mujeres. Decidme si no es magia que dos animales de distintas especies puedan ser amigos; si no lo son las hojas de los árboles haciendo cosquillas a la brisa; el sol que aparece sin previo aviso en un día gris; la primera gota que cae del cielo tras meses de sequía; los hombres y mujeres que arriesgan sus vidas por desconocidos; el olor a café recién hecho en la mañana; el nacimiento de un hijo; una buena carcajada compartida; el humor; una lágrima de alegría; los libros y la música; nuestra diminuta presencia en un universo infinito.

De verdad creo que ninguno de vosotros podrá negarme que existe la magia, pero si lo hacéis, os tendré que convencer entonces con mi varita…

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