Ya no soy esa santa inocente

La mayor inocentada que me colaron fue hacerme creer que no era capaz.

 

Y eso que mis padres siempre me habían dicho todo lo contrario, que si yo me esforzaba, podría lograr todo lo que me propusiera. Así lo sentía de niña, y así lo seguí sintiendo años después.

Luego llegaron los bromistas por el camino, esos que se burlan de la gente diciendo que solo a los ricos se les permite vivir felices, que solo a los famosos, sea por lo que sean conocidos, se les reconocerán sus méritos. Lo mismo ocurre si no vienes de alta cuna, esos guasones nos llevan engañando mucho tiempo con esas mentiras que dicen que solo son buenas familias las que penden de un linaje concreto.

Pero a esos mentirosos, se les acabó la guasa:  los he descubierto. De nuevo creo en lo que mis padres me dijeron, y ahora tengo que encargarme de que nadie tome el pelo a nuestros hijos. Nuestro camino será más o menos sencillo, es vedad, y tendremos menos atajos quizá,  y más obstáculos que saltar, pero que a su vez nos harán más fuertes.

Que me vengan a contar tantas milongas como quieran. Ya no soy esa santa inocente. Ahora sé que nadie podrá impedir que alcance mis sueños.

Carta de despedida

Querido amigo:

Cuando estés leyendo te darás cuenta de que no voy a acudir a nuestra cita. No te preocupes, no me he olvidado de nuestro aniversario, nunca lo he hecho. Nunca lo haré. Estoy simplemente de vacaciones en algún lugar que no voy a desvelarte. Y si lo adivinas, por favor respeta mi decisión y no acudas a mi encuentro.

También habrás visto que me dirijo a ti como amigo. ¡Qué lejos ha quedado el tiempo en el que para mí fuiste mucho más! Y la de veces que tú me dijiste que nos debíamos conformar solo con eso…

Te conozco bien y sé lo que estarás pensando en este instante. Me acusarás de poca sangre y pensarás que vaya una manera más cobarde de decirte adiós. Sin embargo, yo creo que hay que tener mucho valor para tomar la decisión y actuar de inmediato. Sin mirar atrás.

Y en este punto de la carta, ya habrás pasado de tu desprecio hacia mi actitud a sentir la angustia de no tenerme. Siempre has sido de carácter cambiante. Ahora te estarás preguntando qué ha sucedido, cómo he podido fallarte en un día tan señalado. Yo. ¡A ti!

Muchas son las razones por las que no he acudido a la cita, pero la principal es que me he cansado de que me utilices. Estoy cansado, o más bien harto. Han pasado los años y nada ha cambiado nunca. Solo eres amable cuando a ti te apetece, solo sonríes cuando a ti te viene en gana, y solo me abrazas frente a tus amigos y familia cuando tú y solo tú consideras oportuno, y sin mostrar demasiada efusividad. Nunca quisiste que te vieran como un blandengue.

Sabes que lo he intentado. Siempre he permanecido junto a ti aunque tú me menospreciaras en público. Intenté durante años que despertaras con una sonrisa cada mañana, que mirases al mundo con alegría, que te sintieses enamorado cada día de nuestras vidas. Porque para mí todos los días eran buenos para escuchar esas canciones de amor y paz que a ti únicamente te da por escuchar en estas fechas. Yo siempre he estado ahí, y tú solo de cuando en cuando, de año en año, te das cuenta.

Lo siento, pero ya me has costado demasiadas lágrimas y frustraciones.

Ya es tarde.

Demasiado tarde.

Me despido de ti, deseándote de corazón que encuentres quien te haga soñar cada día de tu vida.

Yo buscaré un corazón más joven. Y mentiría si dijera que no voy a pensar entonces en la primera vez que me miraste con tus ojos de niño.

Yo no podría,

Tu Espíritu de Navidad

Relato del libro Historias de Navidad de Angels Fortune”

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El Boxing Day, el fútbol y esa absurda pasión infantil.

Hoy, como cada 26 de diciembre, se celebra en Inglaterra el  Boxing Day, un día en el que se promueve la realización de donaciones y regalos a los pobres, y además donde se juega una de las jornadas más especiales de la Premier League y de sus categorías inferiores.

Cada 26 de diciembre los estadios de Inglaterra se llenan con familias que acuden unidas a ver un juego tan absurdo para algunos, como mágico para otros. Sus ocho letras para ellos, seis para nosotros: football-fútbol.

Es una locura el baile de millones que se mueve por un simple deporte; las discusiones que genera;la atención que suscitan veintidós personas detrás de una pelota. ¡Si es un juego de niños!-dirán algunos. Y puede que lo sea sí, pero los juegos también nos unen.

Yo recuerdo con añoranza nuestro ritual semanal previo al partido. Aún saboreo la tortilla de patata que no llegaba viva al pitido inicial. También había había piques entre nosotros- no por el equipo, que todos animábamos al mismo, sino por la discrepancia entre nuestros gustos por distintos jugadores. Aún sonrío al recordar que mi madre nos dejaba beber un vaso de refresco los días de partido, y que íbamos a la cocina a rellenarlo sin que nos viera (o eso creíamos). También recuerdo las quejas ante un fuera de juego dudoso, una falta inexistente o no pitada, pero sobre todo como gritábamos “gol” al unísono y nos fundíamos en un abrazo. Así fue siempre, cuando mis hermanos y yo éramos niños, y cuando nos independizamos, nos seguíamos reuniendo en casa de nuestros padres para ver el partido juntos. Para entonces algunos ya no acompañábamos la tortilla con refrescos, sino con una cerveza exótica que habíamos traído de alguno de nuestros viajes.

Hoy , veo a esas familias inglesas viendo juntos la jornada en su Boxing Day y siento en cierto modo un poco de envidia. Mi padre se marchó hace un tiempo ya a un palco VIP del cielo y  nosotros ya no nos reunimos casi nunca para ver el partido juntos.

Pero cada vez que nuestro equipo marca, cada vez que gritamos GOL, cada uno de nosotros seguimos fundiéndonos  en un abrazo infinito.

Grease y otros clásicos

Acabo de ver Grease, y me sigo haciendo las mismas preguntas que me hice cuando la vi por primera vez (supongo que hará unos treinta años ya de eso).

En primer lugar, no logro entender cómo a una chica, Sandy, que después de pasar un verano supuestamente maravilloso con un chico, Danny, y este finge no conocerla cuando por casualidad se reencuentran en el instituto, sigue interesándose por él.

Tampoco consigo hacerme a la idea de que en una visión divina llamen cateta y puta (perdón pero es así como la llaman), a la amiga de la protagonista, Frenchy.

Qué decir tiene cuando Kenickie durante el baile del instituto simula dar un par de bofetadas a Cha Cha y el espectáculo continúa como si nada.

Y hablando de Cha Cha, todos recordaréis, estoy segura, el momento en que John Travolta no se inmuta cuando ella se cuela como su pareja de baile, y se llevan a la fuerza a Olivia Newton John.

Y ¿qué pasa cuando Marty dice de pasada que el madurito Vince Fontaine ha intentado echarle una aspirina en su bebida? Pues qué va a pasar, otra vez nada. Solo que la fiesta continúa.

Y el colofón final -seguro que me dejo muchas más- viene cuando es Sandy quién finalmente decide cambiar su imagen, e incluso empezar a fumar, para agradar a ese que reniega de ella durante toda la película. Sí, sí, algunos me diréis que el también intenta hacerse deportista para gustarle a ella, pero…¿quién da el paso definitivo? La misma que en mi opinión debería haberle mandado bien lejos al inicio de la historia.

Pero si hubiera sido así, no habría existido Grease, y tampoco muchas otras tantas películas que ya son clásicos para nosotros

No busques ahí fuera

Hay momentos en la vida en que, esperando  oír de los demás esas palabras, te frustras porque no llegan.

No oyes decir que tienes mejor aspecto que nunca, ni escuchas mensajes de ánimo o de confianza que te hacen creer que puedes lograr todo lo que te propongas.

Cuando te vas a la cama ninguna voz te dice: “sé que mañana te comerás el día”.

No escuchas a sus miradas murmurándote lo importante que eres.

Lo esperas, esperas todo de ellos y no lo encuentras.

¿No te das cuentas?

No te empeñes, no llegarán nunca.

No rebusques esas palabras o cuchicheo en los demás, porque si alguna vez crees oírlos, nunca estarán a la altura de tus esperanzas.

No busques ahí fuera.

Pega tu oído a tu pecho-sé que es difícil, pero a veces se logra sin tener que retorcerse demasiado-.

Solo presta atención a tu interior, y escucha.

Solo tú sabes qué es lo que necesitas oír. Solo en ti está el poder de ser merecedora de esas palabras.

Escúchate.

Escúchate y ACTÚA.

Creerás en las hadas

Creerás en las hadas, me dijo una bruja mientras acariciaba su barriga y me contaba cuentos que nunca necesitó leer.

Pero las hadas no ríen a carcajadas, con la melodía de mil pianos. Las hadas ríen tapando su boca y dejando escapar tímidos ruiditos. Las hadas no te asustan con sus cuentos de asaduras, ni te esconden lo que buscas, para demostrarte después que sí estaba en el cajón del lado de allá. Las hadas no disfrutan ganándote una carrera, las hadas te dejarían ganar. Las hadas no te leen la mente, no te curan la tos, no se sientan a tu lado cuando dices que estás cansada y sin exigirte la verdad remienda a tu oso de peluche o a tu corazón dolorido. Las hadas no convierten una cocina en una pista de baile, no te llaman “pasmá”, no te dan impulso en tu vuelo, a pesar de saberte por ello más lejos. Las hadas no ríen si la bruja lo hace por haberte dicho que con ese culo gordo será difícil despegar.

Creerás en las hadas, me dijo. Y cuando las hadas sostuvieron frente a mí un espejo, allí pude ver a mi bruja.

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El abrazo

Era aún pronto, así que tuvimos tiempo para bajarnos del coche durante unos minutos.No sé si Óscar quiso que nos hiciéramos allí una foto, o yo quise tomar el aire antes de girar el pomo de la puerta de tu habitación y verte de nuevo. El caso es que nos detuvimos en un mirador con el aire frío golpeándonos la cara, y las montañas nevadas eran testigos de nuestra historia desde la otra orilla del lago. La cuenta atrás se había acelerado sin compasión, yo lo sabía. También era consciente de que no había un dios, tampoco al que llamabas “tu amigo”, que lo pudiera parar.

Foto: Belle Yagüe
Foto: Belle Yagüe

Volvimos a subir al coche y continuamos un par de minutos por la carretera que atravesaba Gravedona, hasta que torcimos a mano derecha, donde una señal indicaba que  el hospital se encontraba a trescientos metros. Conocía bien aquel centro. Era el segundo año en el que pasabas allí una temporada para intentar alargar tu tiempo, ese al que no nos daba la gana llamar de prestado, sino de regalo.

Esos dos, tres, quién sabe si cuatro años extras, nos permitieron conocernos más de lo que nos habíamos conocido durante las tres décadas anteriores. Aunque más que a conocernos, que yo creo que nos conocíamos demasiado, nos ayudaron a comprendernos y querernos sin peros, tal y como éramos.

Al abrir la puerta de tu habitación, me di de bruces con el azul del Lago di Como que se colaba por tu ventana. Yo te abracé fuerte, tan fuerte como la niña que se colgaba de tu cuello cuando venías de trabajar y no quería que la bajaras nunca de tu abrazo. Y tras ese achuchón, el pedazo de agua en su temporada baja se mostraba en calma, lejos del bullicio que debía soportar en los veranos, sin barcos, sin música, sin gente a su alrededor, con el invierno atizando en la cara del que osaba pasear por su orilla. Así nos había tocado vivir aquellos últimos años: con calma para entendernos; lejos de los bullicios de un padre y una hija que discuten por el largo de una minifalda; lejos de las temporadas altas en las que rebosabas en fuerza, a veces mal humor y muchas otras buena cara (aquella cara guapa). Sí, nos tocó vivir días más sosegados, y por ello tuvimos más tiempo para distinguir todas las tonalidades del otro.

Yo te estrechaba entre mis brazos y al mismo tiempo dejaba que el lago te atrapara, sumergiéndote en sus fauces sin que yo pudiera evitarlo. Y te seguí abrazando durante un minuto eterno, cobrándome todos los abrazos que sabía que unos días más tarde ya no te podría dar.

Tiempo de cerezas

Hoy me han preguntado si alguna vez un libro me escogió. Y he de decir que sí, que vaya si lo hizo.

 

tiempo_de_cerezas_libro

 

Recuerdo que era un día soleado de primavera, y venía caminando por el Paseo del Prado hacia Atocha para coger el tren que me llevaría a casa. Había pasado la tarde en El Retiro con un grupo de chicas que había conocido hacía poco. Volví caminando con una de ellas hacia la estación, y fue en ese paseo cuando las dos descubrimos que la otra también escribía, y que uno de sus sueños era llegar a escribir una novela.

Ya he dicho que  hacia sol, que era primavera, y habréis deducido que era Madrid. Pues combinad los tres factores y llegaréis a la conclusión de que la calle estaba abarrotada de gente. Y fue entre la multitud, que yo vi un libro que caía al suelo. Me agaché y lo recogí. Alzando la vista pude adivinar quién lo había perdido. Un señor mayor arrastraba un carrito de la compra que llevaba abierto. Sin apenas pensarlo, dejé a mi nueva amiga atrás y, esquivando a la gente, llegué hasta aquel hombre que se deslizaba por la calle arrastrando sus pies.

– Perdone, creo que se le ha caído este libro.

Él me miró con gesto serio, después miró la novela. Comprobé entonces que su carro iba repleto de otros tantísimos libros. <<Un librero de Moyano>>, pensé.

Sin cambiar su semblante, él me tendió la novela. Tiempo de cerezas.

– No lo he perdido–me contestó­–, él ha decidido irse contigo.

Y el librero siguió su camino, arrastrando historias que se refugiaban en su carro hasta que encontraran a su nuevo dueño.

El (no) saludo

Llamadme abuela cebolleta, pero esas cosas en mis tiempos no pasaban.

Saludos-de-hola

Hoy he salido a correr por los caminos que hay cerca de mi casa, a eso de las diez de la mañana. Sin música, disfrutando del sol y de la cigüeña que aleteaba posada en el suelo a pocos metros de mí. Me la he quedado mirando un buen rato mientras pasaba por su lado y cuando he vuelto a mirar al frente un ciclista me ha saludado y yo, muy agradecida, le he devuelto el saludo.

Tal vez haya sido ese momento mágico, el de ver un animal tan vistoso a nuestra vera, lo que ha producido que los astros se alinearan para que nos saludáramos. O tal vez simplemente aquel chico y yo somos de esos que llevamos toda la vida disfrutando de nuestros caminos haciendo deporte, porque durante el resto del recorrido nadie se ha dignado a devolverme el saludo. Ningún caminante tan siquiera ha levantado la barbilla a modo de buenos días, ni ningún corredor, ni otro ciclista, y he de decir que me he cruzado con unos cuantos de unos y otros. Esto en mis tiempos no pasaba, dirían los más veteranos.

Yo tal vez no sea muy veterana, solo llevo casi veintidós años corriendo, pero recuerdo que cuando comencé a “rodar” no solo nos saludábamos sino que además nos animábamos, y hasta nos preguntábamos qué tal íbamos. Recuerdo también que siendo una niña de doce o trece años, los ciclistas “mayores” (así los veía yo entonces y no tendrían ni treinta años), me ofrecían sus bidones de agua para refrescarme, a cambio, me decían, de que los recordara cuando fuera campeona olímpica.

Nunca fui campeona olímpica, pero sí recuerdo muy a menudo a la grupeta de ciclistas con los que compartía caminos, y en días como hoy, en los que me he sentido hasta un poco idiota al lanzar saludos al viento sin encontrar respuesta, los echo mucho de menos.

Una San Silvestre desde casa

Ayer fue el último día del año y, como es tradición, se corren aquí y allá las famosas San Silvestres. Desde hace muchos años he corrido las San Silvestres de Madrid, y casi siempre la de Toledo. Desde hace muchos años también, esta ha sido la primera vez que he visto la San Silvestre Vallecana desde casa. No, no la he visto lesionada. Ha sido por una causa más placentera, y es que, mientras veía la televisión, tenía a nuestro bebé de dos meses durmiendo en mis brazos.

papa-y-yo

Fue así, frente a la imagen de los corredores, cuando empecé a añorar con tanta tristeza el correr aquella carrera, como si llevase veinte años sin hacerlo. El calentamiento, la gente saludándose antes de que dieran la salida, los últimos momentos previos al pistoletazo bailando con mi hermano, nuestra choque de manos antes de la primera zancada, y sobre todo una voz que nos animaba en la primera curva, esa misma voz que siempre temblaba de emoción cuando cruzábamos la meta.

Me di cuenta de que mi añoranza no era por la San Silvestre en sí. Caí en la cuenta de que desde que mi padre marchó hace más de año y medio no he vuelto a participar en ninguna carrera. Tal vez he tenido miedo de cruzar una meta y no ver su cara con los ojos llorosos, ya fuera un Campeonato de España, o un rodaje por el parque de nuestro barrio.

Con el llanto atascado en la garganta, seguí mirando la San Silvestre. Cómo me estaba indignando que Telemadrid estuviera dando tan poco seguimiento a las corredoras femeninas. Pensé entonces que si estuviera allí mi padre me estaría diciendo que no hiciera ni caso, que yo era la mejor, aunque las cámaras no enfocaran la carrera de las chicas, aunque yo quedara la primera, o aunque llegase la última.

Seguramente fue en ese instante cuando supe que no se trataba de San Silvestres, de competiciones, ni del deporte femenino, ni si quiera tenía nada que ver con correr. Era más con el bebé que estaba acunando en mis brazos, queriéndole proteger del mundo a veces ingrato, con la Nochevieja y sus uvas, con los recuerdos en los que yo era la niña y mi padre me protegía de todo.

Y cuando  la primera atleta cruzó la meta y de inmediato acabó la retrasmisión, yo gruñía indignada porque a penas le dieron unos segundos de gloria, pero sobre todo con la impotencia de no escuchar a mi padre decirme: “que más te da que a ti no te hayan enfocado las cámaras, tú y yo sabemos que eres la mejor”.