Una San Silvestre desde casa

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Ayer fue el último día del año y, como es tradición, se corren aquí y allá las famosas San Silvestres. Desde hace muchos años he corrido las San Silvestres de Madrid, y casi siempre la de Toledo. Desde hace muchos años también, esta ha sido la primera vez que he visto la San Silvestre Vallecana desde casa. No, no la he visto lesionada. Ha sido por una causa más placentera, y es que, mientras veía la televisión, tenía a nuestro bebé de dos meses durmiendo en mis brazos.

papa-y-yo

Fue así, frente a la imagen de los corredores, cuando empecé a añorar con tanta tristeza el correr aquella carrera, como si llevase veinte años sin hacerlo. El calentamiento, la gente saludándose antes de que dieran la salida, los últimos momentos previos al pistoletazo bailando con mi hermano, nuestra choque de manos antes de la primera zancada, y sobre todo una voz que nos animaba en la primera curva, esa misma voz que siempre temblaba de emoción cuando cruzábamos la meta.

Me di cuenta de que mi añoranza no era por la San Silvestre en sí. Caí en la cuenta de que desde que mi padre marchó hace más de año y medio no he vuelto a participar en ninguna carrera. Tal vez he tenido miedo de cruzar una meta y no ver su cara con los ojos llorosos, ya fuera un Campeonato de España, o un rodaje por el parque de nuestro barrio.

Con el llanto atascado en la garganta, seguí mirando la San Silvestre. Cómo me estaba indignando que Telemadrid estuviera dando tan poco seguimiento a las corredoras femeninas. Pensé entonces que si estuviera allí mi padre me estaría diciendo que no hiciera ni caso, que yo era la mejor, aunque las cámaras no enfocaran la carrera de las chicas, aunque yo quedara la primera, o aunque llegase la última.

Seguramente fue en ese instante cuando supe que no se trataba de San Silvestres, de competiciones, ni del deporte femenino, ni si quiera tenía nada que ver con correr. Era más con el bebé que estaba acunando en mis brazos, queriéndole proteger del mundo a veces ingrato, con la Nochevieja y sus uvas, con los recuerdos en los que yo era la niña y mi padre me protegía de todo.

Y cuando  la primera atleta cruzó la meta y de inmediato acabó la retrasmisión, yo gruñía indignada porque a penas le dieron unos segundos de gloria, pero sobre todo con la impotencia de no escuchar a mi padre decirme: “que más te da que a ti no te hayan enfocado las cámaras, tú y yo sabemos que eres la mejor”.

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