Mi película favorita

Hay momentos en nuestra vida que se repiten con frecuencia y que nunca nos cansamos de que así sea. Como nuestra escena favorita de una película, que puede que no sea la más impactante ni la más trascendental, pero sí es la que nos hace más cosquillas por dentro.

pelicula

Siempre son los mismos personajes y, aunque dependiendo del día ponemos la atención en uno u otro actor secundario, siempre es el mismo escenario. Nuestra escena preferida es en el mismo bar donde cada viernes, cada amigo elige su pincho favorito; o la misma silla de la residencia de ancianos donde cada domingo una abuela espera a sus nietos; o el mismo parque donde cada tarde todos los relojes dan inicio a la misma carrera vespertina. Conocemos los diálogos, las batallitas y chascarrillos que se dicen y las que se van a decir, sabemos cuando se va a reír, cuando otro se puede enfadar, lo conocemos absolutamente todo y no por ello deja de sorprendernos y de emocionarnos.

Yo también tengo una película favorita. La mejor escena empieza en el final de un atasco, la salida 22 de una carretera nacional. Solo ocho minutos más. Ella llega a casa. Entra y abraza a su perro y juegan a luchar por un juguete hecho de cuerdas. Cuando uno de los dos se da por rendido, ella le pone la correa al peludo y salen a pasear hasta el tranvía. Unos minutos de espera. Gente abarrotando la calle, la búsqueda de unos ojos entre una multitud que les sobra. Pasos adelante. Él ha llegado. Pasos más rápido. Un beso entre dos, que para el tiempo. Un abrazo que lo vuelva a activar, donde se cuela el tercer personaje, el peludo que siempre lucha por ser el primero en recibir todos los mimos. El tiempo se vuelva a parar mientras continúan su paseo agarrados de la mano.

Y el perro tira como si no hubiera mañana, ajeno a que en ese mañana se volverá a repetir su película favorita.

Maqueta de tu corazón

La Ciencia avanza, pero no tan rápido y sabiamente como para arreglar las cosas del corazón.

news

Bueno, en cierto sentido sí. Acabo de leer en un periódico que con una resonancia magnética se puede obtener un modelo personalizado del corazón que los médicos pueden usar para preparar cirugías. Entonces los científicos darán un paso más en la cirugía de nuestro órgano vital, pero ¿podrán algún día con esta maqueta reparar lo que al corazón también le duele? ¿Podrán preparar a nuestro corazón para los desengaños por venir, por las perdidas por superar, para los fracasos de los que aprender o por las victorias que digerir?

Me temo que la Ciencia seguirá con su gran trabajo, pero sus maquetas no evitarán que se bombardeen hospitales, que la pobreza extrema siga existiendo en quince años, que los refugiados no sean refugiados porque de donde vienen las guerras solo aparecen en las películas, que aunque dieciocho años logren atrapar a un criminal no consigan eliminar su horrible crimen, ni que un tiroteo acabe con la vida de unos chicos mientras asistían a clase en la universidad.

Y es que lo que va más allá de un latido físico, lo que nos hace a la misma vez seres miserables y extraordinarios, no puede ser detectado con una resonancia, ni mucho menos maquetados. Las maquetas se las seguiremos dejando a los científicos, pero nosotros tenemos otra responsabilidad.

Nosotros tendremos que ocuparnos de esa otra parte de nuestro corazón. La que quiere que las portadas de los periódicos cambien, y que sus titulares nos hagan llorar, pero de emoción.