Muros

Una vez leí que las fronteras son cicatrices en la tierra. Pero esas cicatrices van más allá del suelo, son heridas profundas que rajan el sentido común. Que desnaturalizan al alma. Crecen hacia arriba, formando muros que solo sirven para derribarse: los muros que separan intereses políticos.

Foto: Bernardo Pérez
Foto: Bernardo Pérez

También hay muros que se extienden como una plaga, un virus que aparece, se propaga por cada una de nuestras neuronas y a veces nos vamos con ellas a la siguiente vida. Son paredes que desunen almas que un día fueron una y que ahora los ladrillos de orgullo les impide estar juntas de nuevo.

Pero también hay muros que acercan corazones que de por sí ya estaban pegados.

Hace poco conocí la historia de uno de estos muros por los que merece la pena todo esfuerzo, los que se levantan con valentía y permanecen en pie por amor. Cuando el pasado mes de abril Nepal fue azotado duramente por la furia del suelo, y los terremotos convirtieron aquel paraíso para el turismo en un infierno para su gente, la niña Nita de siete años intentaba resguardarse junto a su abuela en su casa. Pero cuando su abuela se dio cuenta de que el techo de la casa iba a dejar de resguardarlas para convertirse en su propia lápida, ella misma en un microsegundo de pasión se abalanzó sobre su nieta, construyendo con su cuerpo un muro infranqueable que salvó la vida de la niña, sin que ella pudiera ni intentara hacer nada para salvar la suya propia.

Estos son los únicos muros que deberían permanecer en pie, aquellos de los que debería vanagloriarse la Historia. Porque estos muros son los que levantan esperanzas, los que segregan las valentías de los dramas, los que dejan en este mundo cicatrices, sí, pero de amor.

Ojalá sea grave

Ojalá sea grave, crónico y extremadamente contagioso. Ese ritmo, señora, debería ser una enfermedad incurable. Ojos que van, ojos que vuelven en una ciudad gris y contaminada de estrés y ansiedad. Un vaivén hipnótico es lo que usted sostiene, linda dama, en sus caderas.

mujer+y+guitarra[1]

Ojalá se transmita esa alegría, señor, con un simple apretón de manos. Esos buenos días con energía, ese cómo está usted sincero, esa mirada comprensiva, ese romper los moldes entre los hombres de negocios cuadriculados entre los que se mueve. Un soplo de color es lo que tiene usted, caballero, en su sonrisa.

Ojalá no encuentren vacuna a esas ganas de comerte el mundo, niño. Ese correr por las calles con el balón bajo el brazo, ese no escuchar que hay millones de niños que sueñan con ser futbolistas en el mundo, ese creer que puedes ser ese uno entre un millón que sí alcanza su sueño. Es un tsunami de pasión, chaval, lo que sujeta el balón que contra la pared golpeas.

Ojalá se extienda como una plaga, niña, ese impulso tuyo de encontrar a quién se cruza por tu lado. Esa manía de cuidar a los más débiles, esa extravagancia de querer arreglar los corazones que otros estropearon. Y es ese corazón tuyo, chiquilla, el que debería estar patentado.

Ójala sea una plaga, sin vacuna, que se transmita al simple tacto, muy grave y extremadamente contagioso.